Clínica San Andrés

Vocación en construcción: la experiencia de una interna de T.O. en Clínica San Andrés

En el proceso de formación de los futuros profesionales de la salud, las prácticas clínicas no solo representan una etapa de aprendizaje, sino también una oportunidad de aporte real a los equipos y a los usuarios. En Clínica San Andrés, esta colaboración se vive día a día, generando un círculo virtuoso entre quienes se están formando y quienes reciben atención.
Así lo refleja la experiencia de Pia Ábalos Jofré, estudiante en práctica de Terapia Ocupacional de la Universidad Autónoma de Chile, quien actualmente realiza su primera rotativa clínica en el área de neurorehabilitación.

“Desde sus inicios representó un importante desafío personal y profesional, especialmente al tratarse de mi primera rotativa clínica”, comenta. En este contexto, las primeras semanas estuvieron marcadas por la incertidumbre y la adaptación a un entorno exigente. “Este proceso implicó una etapa de adaptación compleja, marcada por la incertidumbre, el temor a lo desconocido y múltiples cuestionamientos respecto a mis propias competencias”.

A pesar de estas dificultades iniciales, la experiencia fue evolucionando hacia un aprendizaje significativo. El acompañamiento constante de su tutora, Camila Aracena, junto con el apoyo del equipo interdisciplinario, resultó clave en su desarrollo. “No solo me permitió adquirir herramientas prácticas y teóricas, sino también fortalecer mi seguridad, autonomía y empoderamiento como futura profesional”, destaca.

En este contexto, el rol de los internos adquiere un valor relevante dentro de la clínica. Su presencia aporta apoyo en la atención diaria, además de una mirada fresca, motivación y disposición al aprendizaje, elementos que enriquecen el trabajo en equipo y contribuyen directamente a la experiencia de los usuarios.

A su vez, la experiencia clínica impacta profundamente en la formación de los estudiantes. En el caso de Pia, el acercamiento a la rehabilitación neurológica —un ámbito inicialmente desconocido— marcó un punto de inflexión en su proceso formativo. “Especialmente en el abordaje de usuarios con condiciones neurológicas, ámbito que inicialmente me resultaba desconocido”, explica.

Al mirar en retrospectiva, reconoce un avance significativo desde el inicio de su práctica el 17 de marzo de 2026. “Hoy estoy lejos de la estudiante que inició esta experiencia, habiendo logrado mayor confianza en mis habilidades y en mi rol como terapeuta ocupacional en formación”.

Asimismo, destaca el impacto del entorno humano en su proceso: “El apoyo constante, la motivación del equipo y la observación directa de los avances en los usuarios se han convertido en un motor fundamental para continuar desarrollándome en esta área”.

De esta manera, lo que comenzó como un escenario de incertidumbre se transforma en una experiencia que reafirma su vocación. “Lo que en un inicio fue incertidumbre, hoy se transforma en motivación y compromiso”, concluye.

Así, la práctica clínica se consolida como un espacio de colaboración “win-win”: mientras los estudiantes aportan energía, apoyo y nuevas perspectivas al quehacer clínico, la institución les entrega un entorno formativo que impulsa su crecimiento, formando profesionales más seguros, comprometidos y conectados con las necesidades reales de las personas.

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