Clínica San Andrés

Rehabilitación post-ACV: el alta de la fase aguda no debería cerrar la ventana de recuperación

Una guía clínica para el equipo que decide qué pasa con el paciente después de la UTAC.

En el ACV, la medicina aguda ha ganado batallas enormes. Trombolisis, trombectomía, unidades de tratamiento del ataque cerebrovascular: hoy salvamos más cerebro que nunca. Pero hay un momento que sigue definiéndose con demasiada improvisación: el alta. El paciente está estable, la imagen está informada, la prevención secundaria indicada. Y la pregunta «¿y ahora quién recupera la función?» queda, muchas veces, sin un responsable claro.

Esa pregunta importa porque la recuperación tiene reloj. Las primeras semanas y meses tras el evento concentran la mayor capacidad de cambio del sistema nervioso. Lo que se haga, o se deje de hacer, en ese período marca la diferencia entre un paciente que vuelve a caminar, comer y comunicarse, y uno que se adapta a la dependencia.

En Clínica San Andrés creemos que la rehabilitación post-ACV empieza con una decisión que no toma el rehabilitador: la toma el médico que deriva a tiempo.

El tamaño del problema en Chile

El ACV es la segunda causa de muerte en Chile y la primera causa de hospitalización en mayores de 65 años. Solo en 2023 se registraron 34.413 egresos hospitalarios por ACV: cerca de tres pacientes por hora que salen de un hospital con un cerebro lesionado.

El dato que debería ordenar la conversación clínica es otro. Según la Encuesta Nacional de Salud 2016-2017, el 81,7% de los sobrevivientes presenta secuelas moderadas a severas. Sobrevivir ya no es el único desenlace que medimos: la pregunta es con cuánta función.

La garantía GES del ACV isquémico establece que la rehabilitación hospitalizada debe iniciarse dentro de 48 horas desde la indicación, y la ambulatoria dentro de 15 días. Sin embargo, un policy brief de la Universidad de Chile (octubre 2025) advierte que esas medidas se concentran en la fase aguda y que no existen lineamientos específicos para la continuidad hacia las etapas subaguda y crónica. Ahí, en la transición, es donde muchos pacientes se pierden.

La ventana de recuperación: qué dice la evidencia

Durante años se repitió que «lo antes posible es mejor». La evidencia reciente lo matiza: importa cuándo, pero también cuánto y cómo.

1. Muy precoz e intenso no siempre es mejor. El ensayo AVERT (Lancet, 2015), con más de 2.000 pacientes, mostró que la movilización de alta dosis iniciada dentro de las primeras 24 horas redujo la probabilidad de un buen resultado funcional a los 3 meses. En la fase hiperaguda, la prioridad es la estabilidad y una movilización prudente.

2. Existe un período sensible en la fase subaguda. El ensayo CPASS (Dromerick et al., PNAS 2021) agregó 20 horas de entrenamiento motor intensivo del miembro superior en distintos momentos tras el ACV y midió la función (ARAT) a los 12 meses:

Momento de inicio

Ganancia ARAT vs. control

Lectura clínica

Subagudo (60–90 días)

+6,9 puntos (p = 0,009)

Supera la diferencia mínima clínicamente importante

Agudo (≤ 30 días)

+5,3 puntos (p = 0,043)

Significativo, bajo el umbral clínico

Crónico (≥ 6 meses)

+2,4 puntos (p = 0,29)

Sin diferencia significativa

Es un estudio fase II y los autores piden confirmarlo en uno mayor. Pero el mensaje para quien deriva es claro: los meses dos y tres son terreno fértil, y un paciente que llega a rehabilitación intensiva después del sexto mes ya perdió buena parte de esa ventaja.

3. La dosis importa. Las recomendaciones internacionales y el policy brief chileno proponen al menos 3 horas diarias de terapia, 5 días a la semana, en las primeras semanas. Las guías AHA/ASA (2016) recomiendan que los pacientes que califican reciban esa rehabilitación en una unidad de rehabilitación con hospitalización, por sobre modalidades de menor intensidad. Esa dosis es difícil de lograr con sesiones ambulatorias aisladas.

4. Es un trabajo interdisciplinario. Motricidad, deglución, comunicación, cognición, ánimo y autonomía se recuperan en paralelo, no en serie. Kinesiología, fonoaudiología, terapia ocupacional, neuropsicología, fisiatría y neurología deben trabajar sobre metas compartidas.

A quién derivar, y cuándo

El factor pronóstico que el equipo tratante controla no es el tamaño del infarto: es el tiempo hasta una rehabilitación con la intensidad adecuada. Vale la pena considerar la derivación a un programa de neurorehabilitación cuando el paciente:

  • No vuelve a su nivel funcional previo al alta: requiere asistencia para transferencias, marcha o actividades básicas de la vida diaria.
  • Presenta disfagia, afasia o trastornos cognitivos que comprometen la seguridad, la comunicación o la adherencia al tratamiento.
  • Está médicamente estable pero necesita supervisión continua, y su hogar todavía no está preparado para recibirlo.
  • Puede tolerar terapia intensiva y tiene metas funcionales recuperables: volver a caminar, alimentarse por vía oral, retomar su rol familiar o laboral.
  • Ya salió de alta hace semanas o meses y su progreso se estancó con sesiones aisladas. Todavía puede estar dentro del período sensible.

¿Con o sin hospitalización? La neurorehabilitación con internación se justifica cuando el paciente necesita cuidado médico y de enfermería permanente y, al mismo tiempo, varias horas de terapia al día. Cuando hay mayor autonomía y un entorno de apoyo, la modalidad ambulatoria o domiciliaria permite continuar el plan.

La regla práctica: si duda entre «ver cómo evoluciona en casa» o derivar, derive. La ventana de recuperación no espera.

El enfoque de Clínica San Andrés

Con más de 40 años de experiencia en Providencia, Santiago, Clínica San Andrés es un centro de neurorehabilitación con modalidades de hospitalización, atención ambulatoria y domiciliaria. Bajo la jefatura de rehabilitación del Dr. Pablo Iriarte, nuestro programa de neurorehabilitación para pacientes post-ACV se organiza en cuatro etapas con metas y plazos definidos:

  1. Valoración integral y continua del compromiso motor, deglutorio, comunicativo y cognitivo.
  2. Plan terapéutico interdisciplinario con kinesiología, fonoaudiología, terapia ocupacional y neurología.
  3. Autocuidado y educación familiar, para que el paciente y su entorno sean protagonistas de la recuperación.
  4. Preparación del alta y transición a la vida diaria con la mayor autonomía posible.

Nuestro equipo de I+D trabaja además en un modelo de inteligencia artificial para apoyar la predicción del pronóstico funcional en neurorehabilitación subaguda, como complemento al criterio clínico.

Para el profesional que deriva, eso significa tres cosas concretas: evaluación de ingreso oportuna, metas funcionales medibles y contrarreferencia clara, para que usted siga al centro del cuidado de su paciente.

En resumen

El ACV ya no se mide solo en sobrevida. Con más de 8 de cada 10 sobrevivientes con secuelas moderadas a severas, la decisión de derivar a neurorehabilitación en la ventana correcta es una de las intervenciones con mayor impacto en la trayectoria funcional del paciente. No es un trámite posterior al alta: es parte del tratamiento.

¿Tiene un paciente post-ACV que no recupera su funcionalidad? Coordine una evaluación con el equipo de neurorehabilitación de Clínica San Andrés. Trabajamos con Fonasa y las principales isapres. Estamos para trabajar con usted, no en lugar de usted.

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